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Cuando llueve

30 jun
3 min de lectura

A Martín siempre le llovía.


Empezó un martes, mientras esperaba el colectivo para ir al trabajo. El cielo estaba despejado, la gente caminaba con anteojos de sol y un hombre regaba las plantas de un balcón. Sin embargo, sobre Martín caían gotas.


Miró hacia arriba, pero no había nada.

Corrió unos metros y la lluvia lo siguió.

Una mujer que esperaba el colectivo se apartó para dejarlo pasar.

—Qué mala suerte —dijo.

Martín sonrió por compromiso.


Se fue acostumbrando. A veces duraba toda la mañana; otras, un día entero. Aprendió algunas cosas: no usar zapatillas de lona, guardar los papeles importantes en bolsas de nylon, llevar una muda de ropa y sonreír cuando alguien le decía:

—Qué mala suerte.

Porque explicarlo era mucho más difícil.


Su novia, Melina, empezó a dejarle toallas con dibujos animados en la mochila.

En la oficina le preguntaban si estaba mejor. En el gimnasio también.

Pero con el tiempo las preguntas se fueron haciendo cada vez más cortas. Primero dejaron de esperar la respuesta. Después dejaron de hacerlas.

Y habrá sido casualidad, pero Martín también empezó a desaparecer. Dejó de ir al gimnasio. Después a las reuniones de la oficina. Después a los cumpleaños.

Entendió que la gente se acostumbra a cualquier cosa. Incluso a alguien que llueve.


Los fines de semana eran los peores. Melina trabajaba todo el día en una tienda del shopping y Martín se quedaba solo. Al principio ponía la televisión. Después música. Después nada.


Se sentaba junto a la ventana y escuchaba caer las gotas. Con el tiempo empezó a hablarles. A las más lentas. A las que parecían demorarse sobre su hombro antes de caer.

Les preguntaba si algún día iban a irse. Si era algo que se curaba. Pero las gotas nunca respondían. 


Una mañana, al subir al colectivo, Martín vio a una chica sentada junto a la ventanilla. Tendría unos veinte años. Llevaba una mochila y unos libros apoyados sobre las piernas. Tenía el pelo mojado y las mangas del buzo empapadas. Mantenía la vista clavada en el vidrio.

Martín avanzó por el pasillo. Cuando pasó junto a ella, la joven levantó la vista. Él se detuvo un segundo y terminó sentándose a su lado.

No sabía qué decir. Tampoco sabía cómo preguntarlo.

Ella miró sus hombros mojados y sonrió apenas.


—¿Hace mucho que te llueve?


Martín bajó la vista. Observó las gotas caer sobre sus manos. Pensó en las caminatas sin rumbo. En las noches mirando el techo. En todas las veces que creyó que al día siguiente iba a dejar de llover. 


Soltó un suspiro profundo.

Y sólo pudo decir:

—Desde que olvidé cómo era sonreír.


Cuento escrito por Natalia Lasca© Natalia Lasca® · La Pluma Espacial · Safe Creative 2606306253904 · Todos los derechos reservados. Natalia Lasca® es marca registrada en Argentina.


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