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El teléfono de la cena

11 may
3 min de lectura

El celular de Camila sonó en medio de la cena. 

Rodrigo, su papá, estiró la mano y le negó la llamada. 

Pero Valeria se quedó quieta un segundo.

Como si ese sonido no fuera de ahora.


En la casa de Valeria, el teléfono siempre sonaba en el peor momento.

A la hora de la cena.


Cuando estaban todos sentados:

su mamá sirviendo,

su papá preguntando por el colegio,

su hermano jugando con el zapping en la televisión.


El teléfono estaba en la mesita, al lado del mueble con fotos

y recuerdos de viajes a San Clemente,

y la virgen de Luján que cambiaba de color según el clima.


El cable siempre estaba enrollado como un resorte.

Cuando sonaba, nadie corría.

Todos miraban a Valeria.


—Atendé —decía la madre, sin mirarla.


Valeria se levantaba tratando de parecer normal.

Pero no lo era.

Porque a veces llamaba Caro.

Y a veces…

llamaba él.


Entonces todo cambiaba.


La voz tenía que ser neutra.

Las palabras, medidas.

Las respuestas, cortas.


—Sí…

—No…

—Después te cuento…


Mientras del otro lado pasaban cosas importantes. 

De este lado de la mesa,

también.


Valeria aprendió a hablar en código antes que en voz alta.

No era un juego.

Era supervivencia.

—¿Quién es? —preguntaba la madre desde la mesa.


—Caro —respondía, aunque no siempre fuera Caro.


Había palabras que significaban otras cosas.


“Después te cuento” era “no puedo hablar”.

“Sí, todo bien” era “llamame más tarde”.

“Estoy comiendo” era “me están mirando todos”.


Pero esa noche, todo fue distinto.

Valeria lo supo antes de levantarse.


Caminó hasta la mesita con el corazón en la garganta.


—Hola…


Silencio.


—Hola —repitió, más bajo.


Y entonces, la voz.


Era él.


Valeria sintió todas las miradas clavarse en la nuca.


El hermano dejó de comer.

La madre bajó el volumen de la tele sin mirar.

El padre carraspeó.


—¿Estás bien? —dijo él.


Era una pregunta simple.

Pero no tenía forma de responderla.


—Sí… — Y cuando iba a decir “Todo bien…”


—Ayer no fui —dijo él, rápido—. Me quedé dormido.


Valeria apretó el cable entre los dedos.


—Estaba muerto… jugué al fútbol… terminé hecho bolsa.


Se reía un poco.

Como si no fuera importante.


Valeria miró la mesa.


Su papá masticaba lento.

Su mamá cortaba el pan en silencio.


El hermano ya no disimulaba.

—¿Es él? —susurró.


Valeria le pegó una patada.


Del otro lado, él seguía.


—Igual quería verte… pensé mucho en vos…


Valeria tragó saliva.


—Hoy vas a ir ¿no?


El corazón le golpeaba en la garganta.


—No sé… —dijo. Mientras pensaba alguna clave para terminar con el calvario.


—Mirá que si no vas, lo doy por perdido…


A Valeria se le paralizó el corazón.


—A las once, en la esquina de la plaza. Te veo en un rato.


Y cortó.


Los pasos hasta su silla fueron los más lentos del mundo.


—¿Estás bien? —preguntó su mamá.


—Dale, comé, que se te va a enfriar —dijo su papá.


El hermano se llevó el cuchillo al corazón y fingió morir sobre la mesa.


Con el plato servido, Valeria apenas pudo preguntar:


—¿Puedo salir un rato después de cenar?


Sus padres se miraron.


—Mejor no. Mañana viajamos temprano.


Valeria bajó la mirada. 

Esa fue la última vez que habló con Hernán. 



—¿Ma? ¿Mami…?


La voz de Camila la trajo de vuelta.


Valeria seguía con la mirada clavada en una foto familiar.


—Atendé… —dijo, sin moverse.


—Tranqui, ya le mandé un mensaje. Nos vemos después.


Valeria sonrió.

Esta vez.

Cuento escrito por Natalia Lasca© Natalia Lasca® · La Pluma Espacial · Safe Creative 2605115610243 · Todos los derechos reservados. Natalia Lasca® es marca registrada en Argentina.


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