El banco del parque
Desde su ventana del segundo piso, Ernesto veía el mismo banco cada atardecer.
No era un banco cualquiera: estaba justo debajo del farol torcido, frente al árbol más viejo del parque. Era verde, con las tablas despintadas, nombres grabados y fechas que apenas se leían.
Cada tarde, terminaba de escribir su columna de análisis político para un portal de prensa, servía el último café del día y lo tomaba frente a la ventana para observar el parque.
El banco nunca estaba vacío cuando el sol comenzaba a caer.
Una mujer con cartera roja.
Un joven con auriculares.
Un anciano que miraba al suelo.
Una chica que hablaba con las manos.
Nadie se quedaba demasiado tiempo.
Nadie miraba a nadie.
Solo se sentaban, permanecían un rato y luego se marchaban. Necesitaban el banco por un momento.
Los días se fueron sucediendo con la misma precisión que las agujas del reloj del edificio de enfrente.
Ernesto empezó a reconocerlos, aunque nunca los había visto de cerca.
La mujer de la cartera roja sacaba un pañuelo y se secaba los ojos antes de marcharse.
El joven de los auriculares no despegaba la mirada del celular.
El anciano llevaba una bolsita en la mano que nunca abría y luego tiraba a la basura.
Y la chica que hablaba con las manos… empezó a recostarse sobre el banco, usándolo como un diván.
En ellos había algo en común: todos se iban sin mirar atrás. Parecía que no dejaban nada, pero en realidad dejaban todo.
Una noche de junio, Ernesto tomó el último café del día, corrió la cortina y miró hacia el parque.
El banco no estaba.
Durante semanas, el árbol se mantenía en pie, y el farol seguía torcido.
El espacio, desnudo, parecía más grande.
La gente pasaba, los perros corrían, el ruido de los autos se acentuaba.
Pero ya nadie se detenía.
El banco se había llevado la costumbre de estar solo. Y con él, la de Ernesto de sentirse acompañado.
Una noche de julio, antes de tomar el último café del día, decidió bajar.
En el lugar donde antes estaba el banco, dejó una silla.
Por si a alguien se le ocurría pasar.
Por si alguien necesitaba estar un rato solo.
Cuento escrito por Natalia Lasca© Natalia Lasca® · La Pluma Espacial · Safe Creative 2511123667226 · Todos los derechos reservados. Natalia Lasca® es marca registrada en Argentina.

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