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La voz de Jazmín

20 feb
3 min de lectura

Concepción había pasado la mayor parte de su vida registrando cosas que nadie más veía.

Mientras otros filmaban cumpleaños, viajes o recetas, ella grababa silencios, miradas y ladridos.


Observaba a Jazmín, su compañera más fiel.


Anotaba cada gesto, cada movimiento, cada sonido.

Decía que ahí, en esos detalles mínimos, estaba el lenguaje verdadero.


El barrio la conocía como “la señora de las cámaras”.

Salía al patio con una libreta y apuntaba cosas como:

— Ladrido corto cuando pasa el cartero. 7:12.

— Giro de cabeza al oír la palabra “vamos”.

— Ojos brillantes. Todavía no sé cómo traducir esto.


Con los años, aquella obsesión dejó de ser una excentricidad simpática y se volvió motivo de burla.

En la verdulería murmuraban cuando pasaba:

— Ahí va la que graba a los perros.


Y alguien respondía por lo bajo:

— Ojalá esa energía la usara para algo útil…


Incluso su familia intentó detenerla.

Pero Concepción sabía lo que veía.

Sabía cuándo Jazmín hacía un sonido nuevo.

Sabía cuándo su respiración cambiaba antes de una tormenta.

Sabía cuándo estaba triste, incluso antes de que alguien lo notara.


Ella nunca dudó.


Decía que algún día, cuando todos entendieran lo que intentaba demostrar, los animales dejarían de ser tratados como “cosas”.

Que se acabarían las jaulas, los gritos, el abandono.

Que ese día, por fin, el mundo iba a escuchar.


Pero el mundo no escuchó.


Los años pasaron y Jazmín se durmió para siempre bajo el limonero.

La casa cambió de sonido.

Ya no había uñas rascando la puerta de la cocina.

Ya no había suspiros bajo la mesa.

Ni el golpecito suave de la pelota verde contra la pierna.


El silencio se volvió un visitante permanente.

Y un enemigo lento.


Desde entonces, Concepción duplicó las horas de estudio de cada video.

Era su manera de permanecer cerca de Jazmín.

La investigación dejó de ser un método: se volvió una forma de extrañarla mejor.


Pero el tiempo pasó, y sus fuerzas ya no alcanzaban para tantas horas frente a la pantalla.

Hasta que, un 8 de diciembre, cuando Concepción cumplió 75 años, la nieta que había crecido viéndola observar cada detalle —y que convirtió aquella intuición en ciencia— llegó con una caja pequeña envuelta en papel plateado.


Concepción la tomó despacio, tratando de entender.


—Probalo —pidió la joven.


Y conectó el pendrive a la vieja computadora del escritorio.


La pantalla tardó en encenderse.

Parpadeó dos veces.

Y entonces apareció ella.


Jazmín.


Concepción llevó una mano al pecho.


Mientras la imagen mostraba a su compañera fiel bajo el limonero, una voz suave y serena comenzó a hablar:

“Te miré durante veinte años”.


En la pantalla, pequeños gráficos acompañaban la voz: ondas, colores, patrones.

Niveles que indicaban picos de oxitocina.


La nieta, sin interrumpir la emoción, explicó:

—El modelo reconoce esos picos. Los traduce en palabras…


Concepción no respondió.

Solo cerró los ojos, y se limitó a escuchar.


Más de cuarenta años buscando esa voz.

Más de cuarenta años creyendo que un amor así debía tener un lenguaje propio.


Ahora lo tenía.



Cuento escrito por Natalia Lasca

© Natalia Lasca® · La Pluma Espacial · Safe Creative 2511263843818 · Todos los derechos reservados.

Natalia Lasca® es marca registrada en Argentina.



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