El menú
Gonzalo caminaba todas las noches después de que su esposa Candela y su hijo Felipe se durmieran.
No era insomnio.
Era costumbre.
La casa estaba bien.
Demasiado bien.
Luminosa, ordenada, silenciosa en los lugares correctos.
Una casa que cumplía todo lo que esperaba de una vida feliz.
Sin embargo, cuando apagaba las luces y cerraba despacio la puerta para no hacer ruido, algo le quedaba despierto.
El barrio a esa hora era otro.
Húmedo, lento, con olor a árboles mojados y veredas recién barridas por la lluvia.
Gonzalo caminaba sin apuro.
No iba a ningún lado.
Pensaba. Siempre pensaba.
Una noche —la misma en la que Felipe pronunció la palabra “papá” por primera vez— notó una puerta.
No tenía cartel.
No tenía vidriera.
Solo una luz tibia que aparecía una vez por mes, siempre los jueves, a la misma hora.
Gonzalo se detuvo frente a la puerta.
Empujó despacio y un murmullo bajo, espeso, lo envolvió de golpe.
Descendió las escaleras a paso lento. Pensó en salir, pero le ganó la intriga.
Las luces eran tenues y caían desde lámparas circulares que iluminaban cada mesa como si fueran islas. Estaban separadas entre sí, cada una parecía necesitar espacio para ordenar algo secreto.
Había un mozo por mesa, y cada uno colocaba los cubiertos con una prolijidad casi excesiva.
Gonzalo observó a su alrededor.
Nadie miraba a nadie.
Todos estaban fijos en sus platos vacíos.
Una mujer se acercó desde un costado con un cuaderno bajo el brazo.
—Buenas noches —dijo, sin mirarlo—. ¿Primera vez?
Gonzalo asintió.
—Puede sentarse donde quiera.
Eligió una mesa bajo un cuadro surrealista de colores vibrantes y cerebros con forma de campanas.
Se sentó.
Esperó.
Un mozo al pasar dejó el menú sobre la mesa.
No era de cuero ni de cartón.
Era una sola hoja, doblada en dos.
Arriba, en letras simples, decía:
MENÚ DEL FALTANTE
Gonzalo lo abrió. No había precios, ni comidas.
Solo títulos.
La vida del mejor futbolista del mundo.
La vida del mejor artista del mundo.
La vida del mejor empresario del mundo.
La vida en calma espiritual.
Leyó despacio.
Una y otra vez.
Levantó la mano y el mozo apareció de inmediato.
—¿Ya decidió?
Gonzalo bajó la voz, temía que alguien pudiera oírlo.
—La primera.
El mozo marcó una cruz.
—¿Cuál versión? —preguntó—.
—¿La de los sponsors?
—¿La de las portadas?
—¿La de redes sociales?
Gonzalo dudó.
—La de los sponsors —murmuró entre dientes.
El mozo asintió, pero antes de anotar, giró apenas el menú.
—¿Leyó el reverso?
Había una sola advertencia:
Si ordenás el futuro de otro, te estarás perdiendo vivir tu presente.
Este desaparecerá para siempre.
Si estás de acuerdo, levantá la mano y llamá a tu mozo.
Gonzalo quedó detenido en la pregunta.
Respiró hondo.
Se levantó de la silla.
Y mientras subía las escaleras, guardó el menú en el bolsillo de la campera.
Cuento escrito por Natalia Lasca© Natalia Lasca® · La Pluma Espacial · Safe Creative 2512174042048 · Todos los derechos reservados. Natalia Lasca® es marca registrada en Argentina.

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