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El costurero de Elvira

26 nov 2025
3 min de lectura

Actualizado: 4 ene

Bianca revisó por última vez el guion sobre la mesa.

Lo había escrito durante meses: tés de hierbas fríos, noches solitarias en el campo, tachaduras que parecían heridas.

Era el proyecto más importante, después de aquella mala pasada, un guion que terminó en todas las plataformas y cosechó premios sin su nombre.


Encendió la computadora, ajustó los auriculares y respiró hondo.

El productor aguardaba del otro lado de la pantalla.

Abrió la boca para hablar…

y entonces volvió.


El zumbido.


Primero leve, como un mosquito en el oído.

Después más fuerte, como si algo dentro de su cabeza empezara a vibrar sin control.

El sonido se expandió hasta cubrirlo todo: las teclas, la voz del productor, el mundo entero.


Bianca intentó continuar, pero las palabras se disolvían antes de salir.

La cabeza le latía, los sonidos se mezclaban, el aire se volvía espeso.

Cerró la laptop.

Apagó todo.


No era la primera vez.

Siempre que intentaba avanzar —mostrar su trabajo, exponer su arte— el zumbido volvía. Como una advertencia: “No te atrevas.”


Fue aprendiendo a convivir con él.

A bajar el volumen de sus sueños, a escribir en silencio.


Pasaron los meses.

El mundo siguió su curso, pero Bianca se quedó quieta.


Aislada.

Rodeada de libretas, tazas a medio llenar y guiones que nadie leería.

Empezó a escribir desde esa tortura: sobre personajes que oían cosas, sobre voces que no se atrevían a salir.


Una tarde, mientras buscaba un hilo para coser, encontró una caja.


La abrió con cuidado.

Olía a hilo viejo, a madera y a ese polvo que dejan los años quietos.


Dentro había carretes gastados, agujas torcidas, botones de nácar, broches sin par. Y, entre ellos, un pequeño pañuelo blanco, perfectamente doblado.


Lo desató con delicadeza.

En el centro, un prendedor antiguo, en forma de estrella. Tenía los brillos descoloridos. 

Guardaba la luz de los sueños postergados.


Bianca sintió un leve cosquilleo que subió por sus brazos hasta el pecho. Y creyó por un instante percibir el perfume de su abuela Elvira, ese olor a heno recién cortado y almizcle que siempre quedaba flotando en el aire.


Dejó el prendedor sobre la mesa de luz, envuelto en el mismo pañuelo blanco.


Necesitaba entender.


Fue en busca de la caja de fotos de sus abuelos, escondida entre manteles y recuerdos. La abrió con cuidado y comenzó a pasar las imágenes una a una, hasta que lo encontró.


Ahí estaba el prendedor, en la solapa de un saco sastrero que su abuela había confeccionado con sus propias manos. Y aunque sonreía para la foto, Bianca percibió un brillo contenido en su mirada.


Dio vuelta la imagen con cuidado. En el reverso, reconoció la caligrafía de Elvira:

“Cierre de la Sastrería. Octubre de 1960.”


Bianca sostuvo la foto unos segundos.

Y entendió que las heridas heredadas hacen ruido cuando se callan.


Entonces, el zumbido cesó.

Cuento escrito por Natalia Lasca

© Natalia Lasca® · La Pluma Espacial · Safe Creative 2510123299666 · Todos los derechos reservados.

Natalia Lasca® es marca registrada en Argentina.



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