El peso invisible
Nadia todavía estaba en la cama cuando el teléfono vibró sobre la mesa de luz.
Miró la pantalla.
+320 g.
No era demasiado.
Había días peores.
Se levantó, caminó hasta el baño y se miró en el espejo. Había una arruga nueva junto al ojo izquierdo. También una cana que juraría no haber visto la noche anterior.
El teléfono vibró otra vez.
+40 g.
Suspiró.
Se vistió despacio. Luego manejó hasta el trabajo.
Cuando quiso estacionar, un hombre grandote, de barba cerrada, le dijo que en esa cuadra no estacionaba nadie.
—No hay ningún cartel —respondió Nadia.
El hombre se acercó y le gritó tan cerca que pudo sentir el aliento. Ella respondió levantando el dedo medio. Cuando arrancó el auto, lo vio por el espejo retrovisor. Seguía gritándole con los brazos en alto.
Mientras doblaba en la esquina pensó: ¿desde cuándo no se podía estacionar ahí? ¿Quién era ese hombre para echarla de una calle que ni siquiera era suya?
El teléfono vibró.
+26 g.
Estacionó dos cuadras más lejos de su trabajo. Llegó a su escritorio y se desplomó en el asiento. Apoyó el teléfono boca abajo, encendió la computadora y abrió el primer correo. Antes de leer volvió a ver al hombre gritándole.
Tendría que haberle contestado otra cosa, pensó. O bajarme del auto.
El teléfono vibró.
+7 g.
Nadia recorrió con la mirada los boxes de la oficina. Todos trabajaban frente a sus computadoras. Algunos tenían el celular al lado del teclado; otros lo guardaban en los cajones.
Hacía veintiún días que la aplicación estaba instalada en todos los teléfonos de la agencia. Los números bajos se festejaban. Los altos se escondían. De vez en cuando alguien decía:
—Hoy amanecí con ochocientos.
Y otro respondía:
—Yo bajé medio kilo.
Después volvían a trabajar.
A la hora del almuerzo, Nadia se sentó sola. Apartó el pan del plato, aunque tenía hambre, y comió la ensalada.
Pagó la tarjeta del banco.
+104 g.
Después el alquiler.
+114 g.
Cuando volvía del almuerzo, Clara, una compañera de trabajo, la alcanzó en el pasillo.
—¿Cómo venís esta semana?
Nadia se encogió de hombros.
—Ahí…
—¡Menos mal! Mañana entregan los reportes de Peso.
Nadia dejó de caminar.
—¿Mañana?
—Sí.
—Pensé que faltaba una semana.
Clara levantó el celular y sonrió.
—Esta semana bajé casi trescientos gramos —dijo, antes de seguir caminando.
Nadia desbloqueó el teléfono y encontró solo el +114 g. Buscó desesperadamente cómo desinstalar la aplicación mientras el calor le subía desde el estómago hasta las orejas y, cuando por fin encontró la opción, presionó el botón. De inmediato apareció un cartel en la pantalla: “Esta aplicación no puede desinstalarse”.
Abrió una IA, y escribió: “¿Cómo bajar de peso rápido? ”La respuesta apareció en segundos: déficit calórico, actividad física, dormir bien.
Esa noche no cenó y tomó agua. Mucha agua. Tenía que llegar bien al día siguiente. Pero mientras lavaba el vaso volvió a pensar en el hombre de la mañana gritándole junto al auto.
El teléfono vibró.
+36 g.
Caminó varias veces de la cocina al living, como si pudiera dejar los pensamientos en algún rincón de la casa. Miró la hora y decidió acostarse antes de seguir sumando.
Se metió en la cama, se tapó hasta la cabeza y cambió de posición una y otra vez. Cada vez que cerraba los ojos aparecía algo nuevo: el hombre, el reporte, la tarjeta, el alquiler.
A las 5:30, por fin, se quedó dormida. Una hora después sonó la alarma. La apagó de un manotazo, se vistió a las apuradas y salió.
Durante el camino miraba de reojo la aplicación: el Peso no paraba de subir.
Cuando llegó a la agencia, todos los empleados fueron llamados al auditorio. El murmullo casi tapaba la música mientras un logo giraba en la pantalla. Las luces comenzaron a bajar y el Director Creativo apareció con una solemnidad exagerada, casi de ceremonia.
Tras aquella grandilocuente presentación, la pantalla quedó en negro durante unos segundos. Luego apareció una sola palabra: AAPPESO. Poco después, los nombres comenzaron a desfilar, uno debajo del otro.
Clara: −300 g.
Martín: −120 g.
Sofía: +40 g.
Los murmullos crecían a medida que avanzaba la lista.
Hasta que apareció el último nombre.
Nadia: +1.860 g.
El auditorio quedó en silencio.
Nadia bajó la mirada.
De pronto, su pantalla cambió:
PESO REAL: 224 g
PESO PROYECTADO: 1.636 g
Al mismo tiempo, todos los celulares quedaron en blanco. Nadie entendía qué estaba pasando. Solo en el teléfono de Nadia apareció una pregunta, latiendo en el centro:
¿Probamos otra vez?
Nadia dejó el dedo suspendido sobre el celular. Levantó la vista, recorrió a cada uno de sus compañeros.
En la pantalla del auditorio, el cronómetro siguió corriendo unos segundos.
De pronto, todo cambió.
0 g.
Nueva fecha. Nueva hora.
Cuento escrito por Natalia Lasca© Natalia Lasca® · La Pluma Espacial · Safe Creative 2609116957505 · Todos los derechos reservados. Natalia Lasca® es marca registrada en Argentina.

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