La carta 358
Actualizado: 17 dic 2025
Cada día, antes de la medianoche, Inés escribía una carta que nunca enviaría.
Era un pacto silencioso consigo misma: poner por escrito todo lo que no se animó a decir durante el día.
Lo que calló frente a los demás.
Lo que ni siquiera se permitió pensar en voz alta.
Al principio lo hizo como un ritual, casi terapéutico.
Pero, a medida que pasaban los días, esas cartas empezaron a volverse más profundas, más valientes y filosas.
Con el tiempo, Inés empezó a numerarlas.
La primera la tituló Carta 1: Lo que no le dije a Juan.
La siguiente, Carta 2: Lo que fingí ante Paula.
Así siguió, noche tras noche, hasta llegar a la número 358.
Tomó la lapicera y, antes de pensarlo demasiado, escribió un nombre en la parte superior de la hoja: Julia.
Su amiga de la infancia.
La que había estado en cada cambio, en cada herida, en cada comienzo.
Y, sin embargo, hacía tiempo que algo entre ellas se había roto.
Las palabras empezaron a fluir, como un volcán en erupción:
“Ya no soporto tu necedad y mucho menos tu egoísmo.
Te desconozco.
Te volviste una voz ajena, más preocupada por encajar que por escuchar.
No sos la amiga que conocí, ni la que quise mantener en el tiempo.
Tal vez ninguna de las dos fue sincera. Pero yo, al menos, lo intenté.”
Como cada noche, dobló el papel con cuidado, lo selló con un trozo de cinta y lo guardó en el mismo cajón del escritorio.
Al otro día, Inés se sintió culpable.
Había releído lo que escribió la noche anterior y, por un momento, pensó que se había excedido.
Tal vez Julia no merecía tanta dureza.
Tal vez nadie la merecía.
Tomó una hoja nueva.
La tituló Carta 359: Julia, lo que sí puedo decirte.
Y empezó a escribir con cuidado, eligiendo cada palabra como si fueran de cristal:
“Julia, a veces me cuesta entenderte, pero te quiero igual.
Sé que el tiempo nos cambió, que cada una tomó su camino.
Yo también me equivoqué, más veces de las que admito.
Ojalá podamos encontrarnos muy pronto y sin reproches.”
Cuando terminó, leyó en voz alta.
Era una carta perfecta: amable, sensata, inofensiva.
Tan correcta que no dolía.
Y justamente por eso, no decía nada.
Buscó una foto de las dos —la última, en la playa de Mar del Plata—, la dobló con cuidado, la deslizó dentro del sobre y la guardó en el mismo cajón.
El día de Año Nuevo, algo en su interior brotó y decidió enviar, por primera vez, una carta. Eligió la de su amiga de la infancia, borró el título anterior y escribió con letra firme: “Para Julia.”
Lo hizo como en las viejas épocas.
En el correo eligió el sello más bonito, uno con una luna azul.
El empleado lo presionó sobre el sobre y le dijo:
—Llega en tres días.
Inés asintió con una sonrisa.
Esa misma noche, antes del brindis, y después de escribir la carta número 365, las revisó una por una para guardarlas en una caja, con la idea de comenzar un nuevo ciclo en el mismo cajón.
El conteo empezó en la mesa: “¡Cinco, cuatro, tres...!”Inés se quedó quieta, con las manos suspendidas sobre el cajón abierto.
Los fuegos artificiales estallaron en el cielo.
Y ella nunca encontró la carta 358.
Cuento escrito por Natalia Lasca
© Natalia Lasca® · La Pluma Espacial · Safe Creative 2510263493740 · Todos los derechos reservados.
Natalia Lasca® es marca registrada en Argentina.

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Natalia 🌙
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