La ciudad enquistada
Actualizado: 3 ene
Ana era maestra de grado desde hacía más de treinta años. Al finalizar el ciclo lectivo, decidió tomarse unos días en una ciudad que le habían recomendado por su energía particular.
Lo que no le dijeron era que en esa ciudad nada era normal.
Ni las costumbres.
Ni los saludos.
Ni las casas.
Al llegar, notó que nadie usaba las puertas.
La conductora del taxi —sin decir palabra— bajó su valija por la ventana del comedor.
—¿Por ahí? —preguntó Ana, desconcertada.
La mujer asintió.
Ana ingresó por la ventana, dubitativa, y recorrió la casa rincón por rincón: cocina, living, dormitorio. Todo parecía en orden. Impecable.
Cuando quiso tomar agua de una jarra sobre la mesa, notó que no se despegaba. Forcejeó, insistió, hasta que se rindió.
Tomó una taza: lo mismo. Los cubiertos, los almohadones del sillón, todo estaba fijo.
Entonces revisó su bolso de mano, sacó un sorbete y, sin levantar la jarra, bebió directamente desde allí.
No podía creerlo. Ese gesto no estaba en su registro. Y, sin embargo, algo empezó a atraerle.
Confundida, decidió salir a caminar. Pensar si quedarse o no los quince días que había reservado. Se dirigió a la puerta, pero no cedía.
No estaba cerrada con llave.
Simplemente, no se abría.
Entonces fue al ventanal del living —por donde la taxista había dejado la valija—, pero tampoco se abrió. Probó otras ventanas: la del baño, la del dormitorio. Ninguna cedía. Solo estaban ahí, dibujos en la pared. Cristales mudos que dejaban entrar la luz, pero no ofrecían salida.
Se apoyó en una de ellas, agotada. Y entonces la vio.
Una mujer parada frente a la ventana de otra casa, observándola. Inmóvil. Ana, incómoda, miró hacia la derecha. Otra mujer. También parada en una ventana, mirándola.
Y más allá, otra figura. Y otra.
Todas fijas, enmarcadas en ventanas como cuadros vivos. Como si fueran parte del mobiliario de la ciudad.
Ana retrocedió un paso.
¿La estaban observando, o era ella quien, por fin, empezaba a ver?
Se sentó en el borde del sillón —el único mueble que no había intentado mover— y comprendió que la casa no era el problema.
Era ella.
Su estructura.
Su forma de mirar.
Su manera de vivir todo desde adentro, sin abrirse nunca del todo. Como si una vida perfectamente ordenada fuera garantía de felicidad. Como si no permitirse una salida distinta pudiera evitar el caos.
Pero ahora el caos estaba adentro.
Y no había manual, ni horario escolar, ni agendas que pudieran organizarlo.
Ana caminó por la casa inmóvil durante horas, hasta que llegó la noche. El silencio era tan espeso que podía escucharse pensar.
Un deseo vago, casi olvidado, cruzó su mente: hacer algo sin saber si estaba bien o mal.
Entonces abrió la valija.
Distribuyó cada cosa sobre el suelo: la ropa doblada, los libros de siempre, la agenda con horarios.
Miró los colores apagados de las prendas, los horarios marcados, los títulos de lógica y comportamiento juvenil.
Su mirada se detuvo.
De pronto, colocó la ropa en el armario, mezclándola con otras prendas atrapadas de diversos colores. Tiró la agenda a la basura y colocó los libros en una biblioteca inmóvil. Dejó su valija sobre la mesada y sus zapatos arriba del sofá.
Cuando regresó a tomar agua de la jarra, ésta se movió.
Ana no lo podía creer. Tomó un vaso y lo llenó hasta arriba. Lo bebió como si nunca lo hubiera hecho antes. Luego desató su rodete, se acercó a la ventana del living y, esta vez, pudo abrirla sin resistencia. Asomó la cabeza despacio; el aire le rozó la cara. Cerró los ojos para disfrutar esa caricia y, al abrirlos, cruzó por la ventana.
Caminó sin rumbo, a paso lento. Por primera vez, le gustó no saber adónde iba.
Mientras ella se alejaba, las demás mujeres en las ventanas se taparon los ojos y se alejaron de los vidrios.
Cuento escrito por Natalia Lasca
© Natalia Lasca® · La Pluma Espacial · Safe Creative 2509143070201 · Todos los derechos reservados.
Natalia Lasca® es marca registrada en Argentina.

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