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La escalera de tiza

7 sept 2025
3 min de lectura

Actualizado: 3 ene

Lucía soñaba desde la infancia con una escalera en espiral, en la casa de su abuela Lilia.

En cada escalón había palabras escritas con tiza. Nunca lograba leerlas todas, siempre despertaba justo antes de alcanzar la última.

Pero aquella tarde, algo cambió.


Lucía llevaba más de doce años viviendo con Juan en la casa de su abuela difunta, Lilia. Había perdido la cuenta de las discusiones de los últimos tres meses, pero por alguna razón seguía ahí.

Una discusión más. No por algo puntual, sino por palabras repetidas que, con los años, habían crecido como maleza en el pecho.

Él se marchó dando un portazo. Ella se quedó con la garganta hecha un nudo.


Lucía se quedó quieta, con la mirada clavada en la puerta durante un largo rato, sin pestañear. Un solo movimiento podía romper un hechizo antiguo.


Había una taza rota sobre la alfombra, un almohadón caído junto al sillón y, en la tetera, todavía danzaba un hilo de vapor. Su perro levantó apenas una oreja y volvió a acomodarse.

La casa, después de la tempestad, se había rendido al silencio.

Uno que aturde.

Que aprieta.

Que aplasta.


De pronto, sintió el impulso de subir la escalera en espiral, la de los sueños. Se paró frente a ella, cerró los ojos como cuando era niña y buscó las palabras en su memoria, pero, como siempre, la última se deshacía antes de alcanzarla.


Avanzó peldaño a peldaño. Cada escalón crujía bajo el peso de un recuerdo.

Al llegar al final, encontró una pequeña llave colgando de un clavo torcido. La tomó entre los dedos y la observó unos instantes.


Al abrirla, la puerta cedió con un quejido suave. Parecía que no se abría desde hacía siglos. Pero adentro, todo era distinto. Daba la impresión de que alguien la visitaba cada día.


El aire olía a tiza húmeda y a secretos bien guardados. Entonces, un rayo de sol se filtró por la ventana y la guió hasta una rayuela dibujada con tiza sobre el suelo de madera. Sin pensarlo, la saltó. Uno. Dos. Tres. Tierra. Cuatro. Cinco. Seis. Aire. Siete. Ocho. Nueve. Cielo.


Y en ese último salto, al oír la llave caer al suelo, Lucía se quedó quieta. Frente a ella, escrita con tiza, estaba la palabra que tantas veces había perseguido en sueños. Al fin la veía: cielo.


En ese instante, el ladrido persistente de su perro la sacó de los recuerdos. Extrañada, bajó algunos escalones y lo vio ladrando hacia la puerta de entrada, aún cerrada.

Descendió con prisa. Pero antes de abrirla, volvió la mirada hacia la escalera en espiral.

Y entonces, lo comprendió todo.


En tiza blanca, escrita en cada peldaño, la frase se reveló completa: “Solo quien se libera de sus propias ataduras... puede tocar el cielo.”


Y cruzó la puerta, la que siempre estuvo ahí pero no se atrevía a abrir.


Cuento escrito por Natalia Lasca

© Natalia Lasca® · La Pluma Espacial · Safe Creative 2507202542461 · Todos los derechos reservados.

Natalia Lasca es marca registrada en Argentina


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