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La Raíz Invertida

27 sept 2025
3 min de lectura

Actualizado: 3 ene

Eugenia vivía en un pueblo donde nada parecía pasar. Las mismas calles, las mismas voces, los mismos saludos distraídos. Para engañar a su mente, se obligaba a caminar cada tarde por un camino distinto, en busca de una mínima dosis de novedad.


Hasta que un día, al borde de un sendero, notó algo particular.


Justo cuando se agachaba para tomar una raíz que emergía de la tierra, un gaucho a caballo pasó al galope y frenó de golpe, tirando de las riendas.

 —No la arranques —dijo sin bajarse—. Crece en campos malditos.

La miró fijo y se alejó sin más explicación.


Eugenia se quedó paralizada. Acarició la raíz con la yema de los dedos, pero no se animó a tomarla. Desde ese instante, empezó a verlas por todos lados. Por el costado del sendero, entre los pastos, al borde de los alambrados. Todas iguales, clavadas en la tierra, empeñadas en esconderse.


Avanzó. La calle se volvía cada vez más estrecha y las raíces parecían conducirla a algún sitio. Caminó en silencio durante minutos, hasta que el sendero se abrió.

Allí vio una casa abandonada, detenida en otro tiempo. A su alrededor, los árboles crecían hacia arriba con normalidad, pero mantenían una distancia precisa, respetando un límite invisible.


Eugenia empujó la tranquera oxidada. Las mismas raíces, arraigadas, le marcaron el recorrido.


Caminó con paso contenido hasta la entrada. La puerta de madera estaba tirada en el suelo, y las ventanas eran apenas huecos vacíos. Solo quedaba una fachada, devorada por el tiempo.

Al ingresar, notó que las raíces seguían ahí adentro. Crecían. Se metían en el piso de madera podrida, buscando llegar al fondo.


En el rincón más apartado de la casa, donde el techo había cedido y solo quedaban vigas desnudas, Eugenia se detuvo frente a una raíz solitaria. Se agachó, la acarició y sintió una extraña necesidad de arrancarla.


Tiró, pero no se movió. Entonces cavó. Primero con las manos, luego con una rama rota. La tierra estaba húmeda y oscura. No tardó en descubrir que aquella raíz no crecía, descendía. Su tallo se hundía para no buscar el sol, sino la sombra.


Salió hacia donde crecían los árboles, buscó una hoja grande entre las ramas bajas y, con cuidado, envolvió la raíz. Luego emprendió el regreso.


Al llegar a su casa, se dirigió hasta el fondo. Abrió un pozo con las manos y plantó la raíz en la tierra, una más entre las plantas del jardín.


El jardín atravesó inviernos, primaveras, veranos y otoños.


Hasta que una mañana, justo antes de partir hacia su nueva vida, Eugenia se enteró de que la casa abandonada se había derrumbado por completo. 

Corrió al fondo y se detuvo en seco.


Allí estaba. La misma raíz que había enterrado brotaba hacia el cielo. Crecía no por desobedecer a su especie, sino porque se atrevió a romper el ciclo en otro espacio.


Cuento escrito por Natalia Lasca

© Natalia Lasca® · La Pluma Espacial · Safe Creative 2507302656907 · Todos los derechos reservados.

Natalia Lasca® es marca registrada en Argentina.



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Natalia 🌙



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