La Ventana 3:33
Actualizado: 3 ene
El espejo hacía tiempo que estaba en su habitación. Andy lo había comprado en el mercado de pulgas, atraída por el marco de madera gastada y las flores talladas en las esquinas.
No sabía por qué, pero cada noche, antes de dormir, la invadía una sensación de incomodidad que no podía explicar. Era como si, apenas apagaba la luz, algo extraño hiciera ruido frente al espejo.
Hasta que, una madrugada, al pasar frente a él, notó algo imposible: su reflejo se movía más lento que ella. Andy, incrédula, retrocedió un paso para asegurarse. El reflejo hizo lo mismo, pero con un segundo de retraso.
Se detuvo, sin entender del todo lo que sucedía. Se miró las manos, las alzó frente al espejo y vio cómo su reflejo repetía el gesto con ese mismo retraso imposible. Pasó la palma sobre el vidrio frío; del otro lado, la copia la imitó con un segundo de diferencia.
Se frotó los ojos y buscó el reloj digital en la mesita de luz. Los números rojos brillaban en la oscuridad: 3:33 a. m.
Entonces se acercó lentamente, casi pegó la nariz al espejo, y vio su reflejo desfasado, teñido de tonalidades rojizas. Levantó la mano y la apoyó sobre el vidrio, pero su reflejo ya no la imitaba.
La Andy del otro lado sonreía, como si supiera algo que ella no. La de la habitación frunció el entrecejo, y la del espejo sonrió aún más. El gesto era sutil, pero en esa penumbra resultaba perturbador.
Andy tragó saliva. Dio un paso atrás y el reflejo, en lugar de copiarla, se inclinó hacia adelante, acercando el rostro al vidrio, como quien quiere contarle un secreto.
Andy intentaba respirar sin hacer el menor ruido. Del otro lado, su reflejo abrió la boca, pero en la habitación no se oyó nada: las palabras irrumpieron en su mente, como un eco silencioso.
—Cambiemos de lugar.
Andy dio un salto y se apartó de golpe. Tropezó con la mesita de luz y, para su sorpresa, el reloj seguía marcando las 3:33 a. m. Lo tomó entre las manos para comprobar que el número era el mismo.
No lograba entenderlo; era como si el tiempo se hubiera detenido.
La voz insistió:
—¿Realmente quieres dar el salto?
Andy sintió un leve zumbido en los oídos, el aire de la habitación la envolvía con una presión invisible. El reflejo la observaba sin parpadear, con una calma hipnótica.
Entonces la invitó a acercarse, y ella, con paso lento, lo hizo.
Su mirada empezó a cambiar cuando se vio caminando descalza sobre el mar. Sus manos juntaban un puñado de arena frente al sol del atardecer y lo dejaba deslizarse entre los dedos hasta perderse en la orilla.
Andy tocó el vidrio helado, anhelando estar allí. El reflejo sonrió.
Andy del reflejo caminaba por una calle que desconocía. Iba feliz, bañada por la luz anaranjada del amanecer. Sus pasos eran firmes; había esperado toda la vida ese momento.
Andy, desde la habitación, la observaba. Por temor a lo desconocido, apartó la mano del vidrio. El reloj cambió de número y el espejo devolvió un rostro que hacía tiempo no recordaba cómo sonreír.
Cuento escrito por Natalia Lasca
© Natalia Lasca® · La Pluma Espacial · Safe Creative 2508172802289 · Todos los derechos reservados.
Natalia Lasca® es marca registrada en Argentina.

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