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Los anteojos de hielo

14 nov 2025
3 min de lectura

Actualizado: 4 ene

A las 8:14, Alfredo preparó el café como cada mañana.

La misma taza blanca. Un sobrecito de edulcorante.


Pensó en las reuniones que lo esperaban, en los correos que debía responder, en el saludo rápido que le daría a su jefe, Diego, al ingresar a la oficina virtual.


Pero al colocarse los anteojos, todo cambió.


Diego quedó en imagen estática y el vapor del café se detuvo en el aire como un bloque sólido.

Dubitativo, Alfredo pasó la mano para romperlo, pero el vapor quedó fijo en el aire.


Frunció el entrecejo y giró la cabeza, buscando explicaciones.

Llamó a su perrita, Kira. Ella había empezado a moverse hacia él, pero quedó suspendida a unos metros, congelada en la acción.


Alfredo recorrió con la vista su escritorio.

Se miró las manos. Se tocó el cuerpo.

Y entonces lo notó: llevaba puestos sus anteojos de siempre, pero esta vez… eran de hielo.


Intentó quitárselos. No pudo.

El reloj de pared avanzaba con normalidad y, a los pocos minutos, cristales comenzaron a formarse a su alrededor.


Cruzó el pasillo hacia las habitaciones y vio a su hija detenida a medio paso, con una mochila colgando del brazo.


—No te acerques —alcanzó a decirle.


Una sonrisa a punto de formarse quedó suspendida en su rostro.


De pronto, nubes oscuras se arremolinaron en el cielo y la lluvia cayó sobre la ciudad.


Alfredo se detuvo unos segundos y giró en dirección a la cocina.

La cortina se mecía sin viento… hasta que también se congeló.


Intentó, con calma, quitarse nuevamente los anteojos.

Pero todavía no era el momento.


Caminó hasta su habitación.

Un relámpago brotó con fuerza.

Un zumbido atravesó la casa.

El silencio se volvió absoluto.

La oscuridad, total.


Solo quedó su respiración, cada vez más lejana.


Se sentó sobre la cama, frente a la ventana que daba al parque.

El sonido de la lluvia se intensificaba mientras el hielo le trepaba por los pies, las piernas, el abdomen. Cuando estaba por llegar al pecho, apareció una enfermera de aspecto antiguo, como de otra época.


En su rostro había algo extrañamente familiar.

Le sonrió.

Luego salió de la habitación con paso lento.


El pitido del monitor cardíaco retumbó en la sala.

Su hija le tomó la mano y le susurró al oído:

 —Estoy acá…


Alfredo se tocó el rostro.

—¿La enfermera me quitó los anteojos? —balbuceó.


Su hija lo miró extrañada.

—Papá… Aquí no ha entrado ninguna enfermera.


Sobre la mesita de luz quedaban algunas gotas derritiéndose.

Y un rayo de sol se filtró por la pequeña ventana de la habitación.

Cuento escrito por Natalia Lasca

© Natalia Lasca® · La Pluma Espacial · Safe Creative 2509283177242 · Todos los derechos reservados.

Natalia Lasca® es marca registrada en Argentina.



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